El primer cliente

. lunes, mayo 19, 2008
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Por Víctor Hugo Palacios

Delante del espejo del baño, Ramón podía ver por fin que era verdad que había dejado el sucio restaurante de la carretera por el lujoso bar de un hotel de primera clase en la ciudad. Lamentablemente su mujer nunca podría ver qué pulcro le entallaba ese traje de mozo de un establecimiento en el que no entraba sino la gente bien vestida, que pedía platos exquisitos y tragos muy caros. Qué agradable se sentía trabajar en una distinguida empresa. El entusiasmo le hizo disculpar la inesperada imprecisión del encargado de contratos cuando le preguntó por el salario que recibiría. Para qué preocuparse. Ese lugar debía funcionar de modo irreprochable, allí donde únicamente llegaban personas dignas y respetables. Ah, qué alivio haber conseguido el puesto. Qué extraño que no tuviera que competir por él con ningún otro aspirante. No importa. La fortuna debía escogerlo alguna vez. Era su turno y no tenía sentido preguntar nada más. Pero hubiera sido aun más dichoso, no podía negarlo, si papá viviera todavía. El orgullo le habría salvado ese corazón malogrado por la amargura en la pobreza, y le habría perdonado al hijo la temeridad de dejar un trabajo modesto pero seguro en el viejo restaurante de la familia que finalmente abandonó.
Bueno, basta de divagaciones. Era conveniente sujetar la exaltación y cumplir adecuadamente su deber. Quizá la notoriedad de su diligencia podría depararle premios y ascensos. Aunque no los conocía, con certeza sus jefes desde algún lado debían estar observándolo. Pero bueno, no más distracciones mentales. Hay que conducirse con rigor y responder rápidamente a lo que se espera de él. Por ejemplo no dejar entrar a cualquiera. El bar no podría verse desmerecido por algún cliente de cuestionable apariencia. La imagen será sin duda indicio de categoría. Habrá que estar atento. Ser discreto sin dejar de vigilar.
Esa noche en que debutaba, así emocionado, curiosamente tardaban en llegar los primeros clientes. Tal vez era costumbre de los ricos empezar con retraso sus diversiones. Ah, allí precisamente se distingue a un individuo que viene en dirección del bar. Qué oportunidad. Y ahora, a lucirse en la atención. ¡Qué ilusión: el primer cliente! Pero… ¡Un momento! Es un obeso que lleva la camisa fuera del pantalón y polvorientos los zapatos. ¡Cómo se atreve! Hasta tiene grasoso el pelo y rojo el blanco de los ojos. No debería dejar ingresar a ese intruso. Cuando el viandante se dispuso a cruzar el umbral, Ramón farfulló su repudio y se apresuró a cortarle el paso. Sin embargo, una reserva de vacilación, que sintió como una torpeza de la que podría luego arrepentirse, lo contuvo en el último instante.
Cuando el visitante tomó asiento, se quedó mirando fijamente el centro de su mesa, petrificado como si hubiera estado sentado allí durante ochocientos años. Ramón se presentó a su lado deletreando un artificioso “buenas noches”. “¿Qué va a servirse, por favor?” Sin levantar la cabeza, el recién llegado pareció decir sin abrir la boca: “Sírvame sólo un café”. Poco después y algo perturbado, el mozo colocó cuidadosamente sobre la mesa la taza, la servilleta y una galletita dulce de cortesía. “¿El señor no va a pedir nada más?” “No. Solamente quiero este café”. “Disculpe, aquí servimos también licores, postres y comidas. Seguramente desearía ver nuestra carta…” “Le he dicho que no. No quiero más que esto”. No puede ser, se dijo por dentro Ramón. Ese impresentable no va a facturar más que una suma ínfima y con toda certeza no piensa dejar una propina. Es una amenaza para la decencia de este sitio. Debí actuar decididamente hace un momento, lo sabía, pero estoy a tiempo de enmendarme. “Perdone, usted, la incomodidad –le explicó al tipo sentado–. Éste es un lugar especial. Espero sepa comprender, pero quizá se haya confundido al entrar. Éste es el hotel principal de la ciudad. A lo mejor desea usted estar en otro servicio. ¿Me entiende? Descuide, no le cobraré el café. Bébaselo tranquilamente y tenga luego la bondad de retirarse. Yo mismo le indicaré adónde puede ir. Fíjese, pasando la avenida…”
En ese instante, mientras el barman miraba alarmado la escena, el hombre sentado alteró súbitamente su inmovilidad. Apartó los ojos de la mesa y aceró una fiera mirada sobre el mozo. La cabeza, más tardía, fue separándose lentamente del pecho sobre el que estaba apoyada, como si el cuello chirriara para doblar una puerta apolillada. Las manos, más retrasadas aun, insinuaron separarse del tablero para formar dos puños que, sin embargo, se deshicieron en el acto dejando sobre la superficie un par de apéndices derribados e inermes como los muñones de un ser mutilado. Ramón vio blanquearse esos ojos hasta el punto de alcanzar el destello conmovedor de una mirada reconocible: la de una persona desgraciada. “Mira, no tengo en realidad una sola moneda en el bolsillo. Soy el dueño de este hotel, acabo de quebrar y mis propiedades van a ser embargadas. Yo mismo mañana voy a desaparecer. No se te ocurra decir nada a la policía. ¡¿Me entiendes?!”
Después de unos pocos y largos segundos de silencio, el hombre sentado añadió con una voz más bien compadecida: “No te preocupes. No hace falta que me eches del bar. Ve y tómate lo que quieras a mi salud”.