Por Gerardo Temoche Quezada
El ruido seco del disparo lo despertó. Saltó de la cama impulsado por la curiosidad y se asomó a la ventana para verificar la procedencia de tal detonación. La calle estaba oscura, apenas iluminada por un poste que intermitentemente proyectaba un haz de luz. El silbato de un guardián se escuchó lejano y un aire gélido entró en la habitación, penetrando con violencia por sus fosas nasales, lo que se tradujo en un lagrimeo incontinente y en un estornudo estrepitoso. Había llovido, lo supo por el olor que traía consigo el asfalto mojado. Se acostó nuevamente y recordó que estaba soñando con una balacera, viéndose él mismo en medio de tan peligroso tiroteo; tuvo miedo y sólo atinó a dejarse caer contra el piso; fue entonces cuando despertó. Esbozó una sonrisa y se dejó ganar por el sueño. Un hilo de sangre brotaba debajo de la almohada; el impacto fue certero y directo al cerebro, con orificio de entrada, caprichosamente, por una de sus fosas nasales.
El ruido seco del disparo lo despertó. Saltó de la cama impulsado por la curiosidad y se asomó a la ventana para verificar la procedencia de tal detonación. La calle estaba oscura, apenas iluminada por un poste que intermitentemente proyectaba un haz de luz. El silbato de un guardián se escuchó lejano y un aire gélido entró en la habitación, penetrando con violencia por sus fosas nasales, lo que se tradujo en un lagrimeo incontinente y en un estornudo estrepitoso. Había llovido, lo supo por el olor que traía consigo el asfalto mojado. Se acostó nuevamente y recordó que estaba soñando con una balacera, viéndose él mismo en medio de tan peligroso tiroteo; tuvo miedo y sólo atinó a dejarse caer contra el piso; fue entonces cuando despertó. Esbozó una sonrisa y se dejó ganar por el sueño. Un hilo de sangre brotaba debajo de la almohada; el impacto fue certero y directo al cerebro, con orificio de entrada, caprichosamente, por una de sus fosas nasales.






















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